lunes, 10 de noviembre de 2014

Partida y Regreso: Se viene el relataso.

Me siento terriblemente avergonzado por los sucesos acaecidos ayer. Creo que nunca he tenido tamaña sensación de asco y vergüenza ajena como la que me invade en este momento. Tal vez sea mejor poneros en situación antes de entrar en detalles.

No hay mucho que contar sobre mí. Soy un pobre imbécil con problemas de autoestima y un nivel de alcohol en sangre que roza la ilegalidad permanente. Estoy convencido de que si hubiésemos ido a otro lugar eso me preocuparía, pero nos encontramos ahora mismo en territorio comanche. Nada más y nada menos que en la capital del espetec, la butifarra y la barretina.

No, no hablo de Villahermosa de Abajo. Incultos de los cojones. Hablo de Barsalona.

¿Que me ha traido aquí? Bueno, en verdad escribí recientemente unos versos dedicados a ello, pero su aceptación fue más bien... lamentable, por decirlo de algunas maneras. Tengo aun a un grupito de poetas, de estos que se dedican a escribir como si tuviesen un tulipán metido por el ano, debajo de mi casa. Insisten en darme de hostias y reconvertirme en un votante de Podamos, Jodemos, o como se llame. Ni que decir tiene que tengo que esquivarlos cada mañana con maestría y discrección, no vaya a ser que a uno se le vaya la chapa más de lo normal y me acabe dando sermones sobre como escribir una sinécdoque para que concuerde con una metonimia.

El caso es que me encuentro actualmente en Barsalona y soy un consumidor compulsivo de bebidas espirituosas. No revelaré mi nombre, pues en malas manos alguien tendría poder sobre mí, así que para vosotros seré el Guardián entre el Centeno. O Sediento. ¡Jo! Mejor Sediento. Es más sutil.
Pues bien, vuestro querido narrador aquí presente y unos cuantos muchachos de procedencia bastante barriobajera, amigos míos todos, decidimos rescatar a Rocoso de las garras de la Generalitat (Rocoso es otro de nuestros amigos, por si algún lerdo no lo tiene claro. Que hay que explicároslo todo, leñe)

Decidimos fijar la partida a Barsalona el 14 de Agosto, fecha ideal para todo aquél que desee hacer un viaje en familia a Salou, Torrevieja o a cualquier otra provincia de Alemania. Hicimos un grupo de guasap para organizar los últimos flecos del plan que teníamos en mente e hicimos la lista de la compra:

- Hemoal
- Hemoal Junior para Styncat
- Sobrasada de Mallorca
- Disuasor de posibles autóctonos agresivos (lo que viene a ser una hucha)
- Audispray
- Audispray Junior para Styncat
- Cola cao
- Cola cao Turbo para Styncat

El resto de las cosas las dejamos a cargo de Babibel, que tiene una mochila con un bolsillo mágico, como el gatete cabezón ese de los dibujos. Te saca desde cuerda de pita hasta un buque de 20 metros de eslora en lo que tardas en pelar una gamba.

Una vez listos los preparativos, esperamos pacientemente a que llegase el día G (por gay. No es que seamos gays, es que por lo visto coincidió con la jornada gay en Barsalona y la ciudad estaba poblada por gente fuerte, depilada y atractiva. La autoestima a tomar por culo, claro. Nunca mejor dicho).

Los días han pasado lentamente, pero aquí estamos por fin. Y lo que ocurrió ayer... meh. Dios. Que asco me doy. Tendría que contaros toda la historia desde que salimos de casa hasta ahora, y no me siento con fuerzas...

Lo justo, sin embargo, sería que os introdujese a todos los protagonistas de esta rocambolesca odisea.

- Sediento: Yo.

- Pablemos: Un tipo muy alto y desgarbado. Tiene una ligera fijación hacia Babibel, pero se lo achacamos a las drogas. Sí, consume drogas. De todos los colores y sabores. Como nota diré que no me deja poner la bandera de Espiña en el balcón por miedo a represalias. El más sensato del grupo con diferencia.

- Gruñón: Aunque ya no gruñe tanto, las tradiciones no se olvidan. Casi tan largo como Pablemos, pero no tanto. Se pasa el puñetero día con la cámara de fotos que le robó a una pobre señora en el metro a golpe de bastón, previamente robado a la propia señora. Madruga demasiado. Preocupantemente. Se rumorea que es vampiro o alguna cosa de esas.

- Revoloteos: Lleva sin revolear mucho tiempo, desde que se casó concretamente, pero aun nos deja esos ademanes saltarines que harían palidecer al ballet ruso. Tiene una barba prodigiosa en la que guarda pistachos y sobrecitos de ketchup como provisión. Se dedica, normalmente, a repartir ingeniosos comentarios despectivos hacia tu persona. Encantador.

- Babibel: Lo dicho anteriormente. Tiene un bolsillo mágico y una gran capacidad para sacarte de quicio con su sempiterna sabiduría. Dice que es médico, pero se pasa las "horas de clase" jugando al cocodrilo sacamuelas (con gran habilidad, todo hay que decirlo).

- Styncat: La mascota del grupo. Lo trajimos porque nos oyó hablando del viaje y nos amenazó con arrojarnos heces si lo dejábamos en Madrid. No suele morder, pero hay que vigilarle cuando se ducha o provocará una inundación seguida de un espectáculo de títeres bastante siniestro. Mejor me ahorro explicaros con que material los hace.

- ET: Más largo que Gruñón, pero menos que Pablemos. Es un tipo bastante peculiar. Cuando está sobrio, suele tener un comportamiento razonable e incluso hasta paternalista. Cuando está ebrio, birla adoquines y los lanza por encima de los tejados berreando improperios y se esconde bajo las faldas de las damas con el pretexto de que allí ha perdido sus lentillas.

- Seta: Es tranquilo y paciente a priori, pero no os dejeis engañar por su aparente estaticidad. Resulta que es un titiritero en la sombra, instigador de odio y provocador de conflictos a gran escala. ¿Acaso os pensabais que lo de Gaza era por motivos religiosos? Inocentes... entre sus múltiples cualidades se encuentra el lanzamiento de bombas de humo.

- Pringles: Es el asesor legal del grupo. Tiene un problema con el alcohol equiparable al mío y una dialéctica equiparable a la de Rajoy (aunque escupe menos). Con un don para las rimas obscenas y una mala uva de aupa, nos aconseja constantemente sobre lo que esta bien y lo que está mal para luego hacer lo que le sale del morcillo.

- Brasas: El hombre multiusos del grupo. Capaz de componer como Boticcelli y de cantar como Sinatra mientras cocina como Jordi Roca y folla como Nacho Vidal. Habla demasiado y gesticula demasiado, pero le queremos tal y como es. Experto en imitaciones grotescas y amante de los teleñecos.

- Rocoso: Nuestro amigo cautivo. Está muy fuerte, eso no lo podemos negar. Es muy atractivo, eso no lo podemos negar. Tiene un mentón hercúleo, eso no lo podemos negar. Pero no es capaz de mantener la pilila en los pantalones ni aunque su objetivo tenga un cepo para osos, de esos puntiagudos, entre las piernas. Tenemos que rescatarle.


Aquí concluye la presentación de los protagonistas. Agarraos, que vienen curvas.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Una ciudad ciega.

Es una ciudad ciega. No ve, pero siente. Oye. Sufre y se venga.

La ciudad está despierta. Respira al son de miles de almas que en ella habitan, recordando a un gigantesco monstruo de luces y sombras, con una mano vengativa de la que penden hilos. Hilos que llevan a estas almas a cometer atrocidades.

Las almas ríen, lloran, gruñen, se compadecen de si mismos. Son patéticas. Huyen de su entorno, crean falsas espectativas y de reducen a infraseres por unas migajas de ego y orgullo decadente. Se arañan, se muerden, se abofetean. Se hieren.

La sangre fluye por los adoquines de las calles oscuras. No hay más luces en esas partes de la ciudad ciega, sólo un vacío atormentado por la ausencia de aquellos que hace tiempo abandonaron su hogar. Su antaño espléndido hogar, lleno de ilusiones. Ya sólo queda frío. Y muerte. Lo sé. Los he sentido.

En las calles luminosas fluye la bilis y el orín. Un hedor a humanidad plaga el aire, que pugna por escapar de entre los ruinosos edificios, cuyas capas de yeso y amianto deslizan hacia el suelo un veneno que supura y crea grietas en el cemento. Las pisadas marcan el camino a los tugurios, atestados de almas innobles cubiertas de sudor y llenas de vergüenza. El humo de los cigarros y del vaho replica en las ventanas, pudríendolas y deshaciéndolas con parsimonia.

La ciudad amargamente vestida de noche ríe. Sabe que no hay salida para aquellos a los que ha arrancado la cordura de sus mentes, antes despiertas y jóvenes, ahora envejecidas y sembrada en ellas la semilla del desasosiego. Rugen sus tripas y comen. Frívolo aquel del que no practique el sexo con cualquier ramera desorejada. Quema su garganta y beben. Beben agua estancada y putrefacta.

Las entrañas de la ciudad antaño guardaban un corazón. Ahora sólo tubos de cañería. Túneles de hierro frío, oxidado, cubierto de herrumbe que pugna por carcomer hasta la última gota de brillo que antaño tuviese. Gárgolas de mármol amarillento decoran sus puertas, guardianes silenciosos que advierten al viajero... osado aquél que cruce el umbral, pues sólo encontrará pesar.

Mentiras al viento y suciedad en el ambiente de los barrios. Gente que dispara sin preguntar primero. La ciudad ríe encantada, pues sus hilos los dirigen con premura a un destino inminente. Algunos dicen que aman, otros se ahorran el embuste. Nunca sale a la luz la verdad por si sola, pues la soledad arrecia y es mejor engañarse a uno mismo. O eso creen. Eso creen que creen.
La única que lo sabe a ciencia cierta es una mujer, escondida y con el hilo que la ataba cortado y guardado en un arcón.

La mujer ve a estos títeres y le repugnan. Le dan ganas de vomitar. Ve la gigantesca mano, en lo alto, que cubre el cielo siempre gris. Ve sus dedos moverse, como un burlón titiritero que, siniestramente, inclinado hacia el edificio más alto, gobierna los corazones negros.

Iré a verla por la noche.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

(Introducción) Partida y Regreso: Barsalona Pl0x.

Erase una vez, en el reino lejano de Madrid
Un audaz caballero, con una gran cicatriz
Mas no era en su piel, si no en su corazón
Pues acabose de comer, un bocata de jamón
Pareciereos extraño, pues muchos pensareis
Que tamaña afrenta, no es tanta, ya lo veis
Pero nuestro amigo se moría, de tanto sufría
El tomate le encantaba, por el pan lo restregaba.

La receta la encontró de las lejanas tierras del Norte
Escondida la tenía, tras un férreo picaporte.
Pero un día sin previo aviso, desapareciose la receta.
Y desde entonces el caballero, no gustole ni una teta.
Pues el acostumbraba a llevar en sí una lata
De tomates de la huerta, valiosos más que la plata.

Preguntole a sus amigos si sabían la respuesta
A su enigma, a su súplica, que tampoco fuera escueta.
Sr. Litros se acercó, y la mano en el hombro le puso
"Partamos, amigo, al Norte, y recuperemos lo que intuyo"
"Nuestro amigo allí nos espera, con una nevera llena"
"De tumaca y de frijoles, pues así manda la dieta".

Reuniosen los 10 amigos, e hicieren allí el pacto, en la cocina del Sr. Brasas, que era muy pesado
"Del Norte no regresaremos sin tener aqueste hallazgo, preparémonos hermanos, pues muy pronto nos largamos"

Recordaren al Sr. Negro, en tierras infieles, y del Sr. Fiestorro, que tenía quehaceres.
La Sra. Tequilas, con su marido estaba, recolectando higos chumbos en un huerto de la playa.

"No temamos por las bajas, si no por la que nos espera, pues en las tierras del Norte, un gran peligro acecha"

"Aquel peligro no es tanto, pues el Sr. Rocoso aguarda, no solo con la nevera, si no con su más terrible arma"

"¿El arma que le arrebató?" Preguntó el Sr. Largo "¿A Iñigo Montoya?"

"Eso hace tiempo pasó" Respondió el Sr. Revoloteos "Su gran arma es su polla"

Y así todo quedó zanjado, y con la vista en las montañas
Los 10 hombres brindaron y se metieron unas rayas
La droga subió deprisa, más aqueste colocón
No hizo que nuestros heroes, se quedasen sin canción.



Se viene Barsalona. Se viene.

sábado, 12 de abril de 2014

Orden de la arena (1)

Las huellas de Tar marcaban el camino que marcaban sus pasos por la playa. Era un día de frío y marea alta, y el cielo se había vestido de gris para recibirla.

Su pelo pintaba de negro y daba forma a las ráfagas de viento que, a su vez, arremolinaban su vestido en torno a su figura. Hacía años que no se miraba al espejo, pero sabía desde hacía tiempo que la edad había hecho estragos con su cuerpo. Ya no era aquella niña que miraba a los demás con la inocencia que sólo se puede tener cuando aún no has descubierto los compases a los que nos hace bailar la vida. Eso la entristecía, pero a su vez le daba un conocimiento de las cosas que le rodeaban que jamás había tenido antes.

Siguió caminando con un rumbo fijo. Aquella mañana se había despertado con la intención de visitar la vieja cabaña del cabo. No sabía mucho acerca de ella, solo que había sido habitada por un viejo pescador, ajeno a su pueblo, y que ahora estaba abandonada. Su madre le había advertido que alejarse tanto de casa era peligroso, y más cuando había pleamar, pero a ella no le importaba. Siempre que podía se escapaba de Huja y recorría la zona costera hasta que se hacía tan tarde que iban a buscarla.
En la cabaña, según se rumoreaba en el pueblo, residía el espíritu del pescador, que en las escasas noches en las que se podía ver la luna salía a buscar un antiguo reloj de bolsillo. Este reloj se lo había tragado un pez en un accidente de pesca muchos años atrás, y fue la primera y única vez que se vio al anciano en el pueblo, preguntando por él con cara de preocupación y los ojos anegados en lágrimas. La mayoría de los braceros y pescadores del pueblo le prometieron que si lo encontraban en las tripas de algún pescado se lo harían saber, pero el reloj nunca apareció. Muchas personas pensaron que el anciano se lo había inventado, que era una manera de llamar la atención, que la edad juntada a la soledad no le hace bien a nadie...
Cuando Tar escuchó la historia, sintió lástima. Ella estaba convencida de que el reloj era real.

Y lo había encontrado.

En esos momentos, pendía de su mano. Era hermoso en cierta medida. Tenía una gran abolladura en la cubierta frontal y le faltaban las dos manecillas, con lo que era evidente que necesitaba una reparación, pero a pesar de todo desprendía un aura extraña. Tar se fijaba mucho en las cosas, y le encantaba ver a través de lo que ella llamaba "capa inanimada". Cuando miraba al reloj, ella no veía un viejo recuerdo oxidado, o un pedazo de chatarra inservible. Ella veía una historia, un valioso y preciado recuerdo perdido hacía años y del que, ahora rescatado del olvido, formaba parte.

Llegó al extremo de la costa y subió al pequeño muelle sobre el que descansaba la cabaña. Estaba ciertamente destrozada, con los maderos desgastados y cubiertos de grietas. Tenía un aspecto descolorido debido a la erosión del viento, el contacto con la sal y el agua y en cualquier momento parecía que se podría venir abajo. Los hombres del pueblo jamás entraban en la cabaña, y de hecho evitaban esa parte de la costa por su incomprensible terror a los espíritus. Tar jamás tuvo ese miedo. Y por ello, se acercó a la puerta y la empujó suavemente. A pesar de estar desvencijada, se abrío con facilidad, y sin producir sonido alguno.

El interior de la casa estaba en unas condiciones lamentables. No había a primera vista nada destacable, excepto una estantería de metal destrozada y cubierta de herrumbe tirada en medio del suelo y un par de puertas que conducían al baño y al cuarto donde supuestamente el anciano dormía. Si hubo en el pasado algo más en aquél lugar, había desaparecido tras la muerte del anciano. Tar suponía que, al no haber tenido herederos, las personas de Huja se habían rifado sus pertenencias y habían convertido a la cabaña en un esqueleto hueco.

Se dirigió a la habitación y se adentró en ella. La luz entraba por la ventana sin cristal, dando al espíritu del anciano un aspecto más translúcido de lo que ella esperaba. Nunca se había encontrado cara a cara con él, pero se lo imaginaba de manera distinta.

(...)

lunes, 24 de marzo de 2014

Interludio: El silencio del tiempo (1)

Todos nacemos y morimos con un propósito en la mente. Algunas personas lo perciben mucho antes que otras, pero en el fondo siempre ha estado presente en nuestro interior. La vida nos da vueltas por distintos caminos, mostrando lo bueno y lo malo que tiene seguirlos o detenerse y buscar el siguiente. En muchas ocasiones, nos equivocamos y tenemos que rectificar antes de que sea demasiado tarde. De vez en cuando, pensaremos que lo malo sólo puede mejorar y avanzamos sin importarnos las consecuencias.
Y existe otro camino. El más escaso y más difícil de encontrar. Es el camino de no retorno. El camino en el que entras sin ver lo que hay más adelante. Un sendero por el que sólo puedes ir hacia el frente, sin mirar atrás, atraido por un final incierto y que no se puede vislumbrar hasta llegado a él. No puedes dar marcha atrás, no existen bifurcaciones, sólo serpenteantes giros que llevan al mismo sitio y conducen al mismo sitio.
Se podría decir que este camino es paradójico. Entra en conflicto con lo que nos han enseñado desde que somos pequeños. Nuestra capacidad de elección y nuestro libre albedrío niegan la existencia del mismo, y queremos creer, queremos pensar, en que nada es más fuerte que ellas. Nada más lejos de la realidad. No son más que meras químeras encerradas en una caja de latón, de la que no van a salir. Si entramos en el camino del no retorno, nuestros intentos de salir de él no serán si no las curvas pronunciadas que encontramos una y otra vez. Nuestro destino ya ha sido fijado, y es el que, consicente o inconscientemente, queremos y tenemos que seguir.

Han pasado ya muchos años desde que yo encontré el mío. Y también han pasado años desde que salí de él. No siempre tiene la misma forma. Puede variar desde el más puro de los sentimientos hasta la más simple idea que se forma en tu cabeza. Puede tener la longitud de una vida o la brevedad del último trago del café por las mañanas. En mi caso, se presentó con la forma de una mujer.

Mi historia la he titulado "El sendero de Bruma". No he hablado de ella con nadie, jamás, pero muchos la conocen. Personas con rostro agrio y corazón de ceniza. Amigos y familiares sonrientes y espectantes. Desconocidos sin rostro y que lo han visto desde bastidores, inmóviles, buscando el momento exacto para hacerse notar y dar esa palmada en la mesa que nos haga fijarnos en ellos y dibujar, por primera vez, un esbozo de su alma en la nuestra.
El Sendero de Bruma fue mi primer y último camino de no retorno. Muchas veces me resistí a cruzarlo, pero sabía que no había salida posible. Su fuerza me arrastró hasta el final. Y por esa razón me encuentro ahora escribiendo estas palabras. No se que habrá sido de aquél antiguo yo que dejé atrás... quiero pensar que, en otro universo, en otra vida, él logró distanciarse del destino que le había sido fijado. Quiero pensar que todo lo que hacemos tiene un significado y que podemos, en mayor o menor medida, elegir que hacer con las decisiones que hemos tomado.

Necesito creer en ese silencio que queda cuando el tiempo, duro e indestructible, se agota de manera definitiva.

Dicen que todas las historias tienen un principio, una situación ideal desde la que se puede partir para comenzar la narración. Puede comenzar con un cruce de miradas, una sonrisa robada, un silencio incómodo delante del ataud de un conocido... cualquier tipo de inicio es bueno mientras se tenga clara la razón por la que escribirla o contarla.

En mi caso, yo no puedo estar tan seguro. Supongo que podría empezar cuando la muerte de mis padres nos dejó a mi hermano y a mí huérfanos y solos en una España que estaba en pleno apogeo cultural y económico.
Podría empezar, tal vez, cuando finalmente a los 18 años de edad, tras muchas penurias y malas relaciones con mis tíos, decidí largarme de esa casa para no volver jamás, rumbo a un Madrid que se me antojaba frío, oscuro y gigantesco.

Pero me estaría equivocando. Lo mejor será que empiece por aquella mañana del Otoño de 1998, donde todo cambió para mí.

miércoles, 19 de marzo de 2014

La distancia del tiempo.

Las miradas empezaron hace años.

De manera sutil, ella empezó la dulce e inocente danza del que ve la luz por primera vez. Se acercaba a pasos cortos, con cautela, esperando una palabra suya, un momento al que aferrarse. Algo secreto, algo que nadie más entiende, brotaba de su corazón a medida que los dos se encontraban en el camino del deseo escondido. Nadie decía nada, nadie clamaba lo obvio. Pero existía un vínculo, invisible y a la vez claro como la luz del amanecer.

El buscaba adaptarse a su baile. De manera torpe, trataba de ser importante, de destacar. Buscaba palabras de ingenio y risas cómplices a su alrededor. Seguía el sendero que ella le marcaba sin saber bien adónde podía llegar. Bebía de sus sonrisas y dormía en sus sueños. Y lentamente iba comprendiendo la razón por la que sus vidas se habían cruzado. El temor le oprimía el pecho como un cepo.

Los años los hicieron adultos, pero seguían con su interminable ritual. Día tras día descubrían cosas nuevas y se veían de forma diferente. Se buscaban constantemente, repitiendo la tradición que no se había oxidado con los estragos del tiempo. Veían derrumbarse todo a su alrededor, como el castillo de naipes que alguien dejó olvidado a la intemperie. Y sabían que era inevitable que, finalmente, sus senderos se cruzasen.

Ese día, el día en el que sus caminos finalmente se entrelazaron, él le preguntó el significado del amor. Las manos de ambos estaban unidas y sus pasos se habían detenido. La vida los desviaba de nuevo un poco más adelante y aunque se negaban a continuar, no hicieron amago de apearse de ella.

Mirándole a los ojos, no supo que responderle. Se soltó de su mano y se dirigió sin mirar atrás a su parte de la bifurcación.

lunes, 10 de marzo de 2014

La idea.

Se levantó de su escritorio tras varias horas de trabajo. El humo de los cigarros, mezclado con el olor a café y sudor, se desvanecía en el ambiente dejando nubes de desesperanza. Un día más sin lograr avanzar en la novela.

Cogió su chaqueta y salió por la puerta de su casa. El día era frío y arrojaba sobre su rostro ráfagas de viento helado. Las sintió como un reproche, un lamento del viento a su vulgaridad y a su desidia, que lo carcomía por dentro. Las miradas de las personas que se cruzaba, hombres y mujeres sin rostro definido tras los cristales empañados en los que se convertían sus ojos cada paso que daba, lo miraban con reproche. Sus muecas sarcásticas le dinamitaban en el estómago. Tenía miedo de ellos, y aceleró el paso por la Gran Vía de Madrid sin deternerse un instante.

Se sentó en su banco favorito, cerca de la Plaza Mayor, lejos de todo ser viviente excepto un gorrión que, sin pensarlo dos veces, se encaramó a su lado, en un alarde de valor. Sus ojos se cruzaron y el escritor vio en ellos la misma acusación y el mismo desprecio. Era como mirarse en un espejo.

Corrió. Los segundos se transformaban en horas mientras la riada de gente sin nombre, sin rumbo, se apartaba de sus apresuradas zancadas, dejando espacio libre a su mediocridad. Le fallaba la respiración. "No puedo hacerlo" pensaba, esquivando todo tipo de materia uniforme que se materializaba como por casualidad en su camino. Nubes de fuego se cruzaban en su trayectoria. Las eludía con presteza. No le quedaban fuerzas.

Se desplomó en una callejuela oscura, con un terrible dolor abdominal. Jadeaba, haciendo esfuerzos por recomponer los zarcillos de su memoria. ¿Cuanto tiempo llevaba corriendo? ¿Y de que huía?

"De tí mismo" dijo una vocecilla en su cabeza.

El escritor de levantó asustado.

- ¡¿Quién anda allí?! - Gritó a la oscuridad mientras se frotaba las costillas. Con un torpe movimiento desenfundó el arma que le pendía de la funda que llevaba colgada del hombro - ¡No se acerque... estoy armado! - Su voz resonó con tono histérico.

"Los fantasmas de la mente son inmunes a la violencia, amigo mío" - Respondió la voz - "A menos que decidas acabar con ellos introduciendo ese artefacto en tu boca y apretando el gatillo".

Asustado, se dejó caer contra la pared, deslizándose lentamente hasta tocar el suelo. Su paranoia era tal que ahora oía voces.

- Qué cojones me está pasando... - Se lamentó en voz baja.

"Te lo puedo explicar. Sólo tienes que lanzar ese arma lejos de tí. Será mejor evitar tentaciones".

- ¡¡Cállate!! - Gritó el escritor desesperado. El eco le devolvió el grito con mayor intensidad y notó el inconfundible toque de locura, ese brote que llevaba años esperando pero que aún no había llegado. Sabía que era su última oportunidad, su gran momento de lucidez. No habría tiempo para más. Se acercó la pistola a la sien y accionó el tambor. Los latidos de su corazón jamás habían sido tan fuertes, como si el mismo órgano temiese por su existencia y previese que sólo le quedaban unos segundos hasta pararse definitivamente.

"Un loco jamás admite su enagenación" - Apuntó la voz -  "Si lo haces, no habrá vuelta atrás. Llevas toda la vida persiguiendo una idea, así que no la abandones tan a la ligera. Tu cobardía sólo empeorará las cosas, pues ambos sabemos que no tienes los arrestos para hacerlo".

- ¿Y tú que sabes? ¿Acaso eres la voz de mi conciencia? ¿Un augurio de mi subconsciente? - Un temblor involuntario le movía el arma por su cabeza - ¿No eres acaso la demostración de que ya no hay esperanza para mí?

"Yo soy la idea que estás buscando. Soy la idea que te atrapa por las noches y no te deja dormir. Soy la idea que perdiste y recuperaste cada vez que te sentabas frente a la máquina de escribir. Soy la idea con la que naciste y la idea con la que morirás. Soy la idea. La que ha pasado por la mente de hombres más brillantes que tú, la que ha seducido a mujeres, la que ha hecho llorar a reyes, la que deshace fronteras. Mi libertad está ligada a tu ser y a tu talento. Soy la idea que te ha hecho plantearte el suicidio y la locura. Soy la idea que te destruirá y la idea que te llevará hasta donde tú quieras llegar".

El escritor bajó el arma con un movimiento seco y se levantó con esfuerzo. Su mente se había bloqueado. Sólo había sitio para un único propósito. La pistola quedó abandonada a su suerte en el callejón, esperando a su siguiente dueño.

Llegó a casa al atardecer. Sin quitarse la chaqueta, se sentó en su escritorio. Sus manos estaban manchadas de barro e inmundicia. Las teclas se encogían ante su furia. No levantó la vista hasta que el sol lo deslumbró por la ventana, momento en el que supo que su tarea había terminado por ese día. Se desperezó sonriente y se tiró a la cama, agotado. Su contacto nunca había sido tan cómodo, tan cálido. Se permitió un último vistazo al cuarto en el que se encontraba. Jamás le había resultado tan acogedor.

Y soñó con el futuro, abrazado a su idea.



"Los escritores tienen un sexto sentido para sacar de algo común, e incluso vulgar, una historia que narrar. Pocas cosas tienen tanta fuerza, tanta intensidad, como el poder de una idea"