domingo, 1 de septiembre de 2013

Se acabaron las vacaciones.

Lamento informarles de que Septiembre trae algo más que lluvias, preplayas enfurecidos y medias de satén a bajo precio. También me trae a mí. He tenido 2-3 meses para reflexionar y me he dado cuenta de que me gusta mi manera de llevar el blog. Sin prisas, sin presiones, sin lectores...

Por lo tanto, una vez que se vaya el calor seguiré dando matarile por estos lares. De momento estoy sin hinternete, por lo que tendré que escribir desde el móvil. Esto significa entradas cortas, sexualmente insatisfactorias y con un lenguaje procaz y grotesco. Vamos, lo que viene a ser un Sediento en pequeñas dosis.

De vez en cuando soltaré alguna ordinariez, pero pretendo rebajar mi sarta habitual de palabros malsonantes y ofensivos, y los sustituiré por plegarias religiosas en honor a Buda. Lo considero mi nueva programación para lo que espero que se convierta en una gran segunda temporada de "De segundos a horas". Tu blog de referencia si estás angustiado o estreñido.

No quiero despedirme sin antes agradecer a todos aquellos que alguna vez han tenido la amabilidad, la confianza y el valor de entrar aquí. Y agradezco por partida doble a los que hayais podido leer una entrada o dos sin que os haya reventado el bulbo raquídeo en el intento. Muchas gracias cabroncetes. En serio.

Al resto que os den por culo.

De nuevo entre los vivos. XXX.

lunes, 29 de julio de 2013

Selivesa, un eulo.

Es una época controvertida. Por una parte, disfrutas de las mieles del éxito de la temporada pasada. Por otra parte, por las noches temes dormir con las orejas destapadas por culpa del mosquito porculero de turno que amenaza tu sistema auditivo con su interminable y (supuestamente) seductor zumbido.

Vas por la calle asfixiándote de calor, vestido con bermudas, chanclas y camiseta de tirantes, con tus sobacos tan húmedos que el más mínimo movimiento de brazos hacia atrás o hacia adelante producen el conocido "efecto aspersor" sobre los transeuntes que pueblan la calle. 
Eso sí, tus gafas de sol telescópicas te permiten observar a las féminas que, haciendo ala de un aplomo y unas ansias de enseñar muslo acojonantes, deciden que vestidas con una servilleta van más que sobradas para sacar a pasear al perro. No nos quejamos, señoras. 

Es una estación de contrastes. Las juergas se multiplican hasta altas horas de la noche en la calle. No hace falta entrar a agobiarte a ningún local, eres autosuficiente con un gorrito del Coco Loco y un cubalibre de Larios en la mano. Pero por otra parte, la cantidad de críos/pasados/gilipollas por metro cuadrado se multiplica por 100, produciéndote una sensación de malestar y de estreñimiento crónico.
Pero no se limita a las juergas el contraste, ni tampoco al sexo, la drogadicción, el calor o el ácido nítrico. El ambiente veraniego va mucho más allá. Nos impide ser nosotros mismos y nos convierte en seres vagos, incultos, con frente plana y un exceso de personalidad y sentido del humor que haría que el mismísimo Adolf se revolviese en su tumba y convocase una horda de Zombies Nazis (se han hecho varias películas sobre este fenómeno. Es REAL) que nos intentasen dar matarile con sus bayonetas oxidadas y sus dientes afilados debido al desgaste de la putrefacción bajo la tierra. Eso sí, el parche de las SS reluciente en su sitio. Dadme una cámara y os consigo un Oscar, hijos de puta.

El verano, os diré, es una mierda. Pero tiene sus ventajas. Demasiadas ventajas como para poder criticarlo como a mí me gusta (lo que viene a ser en estado pojarcor). Por lo tanto, no tengo más remedio que ceder a la opinión pública de que esta época del año nos viene bien a todos. Los seres de secano (usease, mesetarios) y los seres de playa (usease, el resto) se unen por primera y última vez en el año para disfrutar de las delicias de la playa de Madrid (usease, Gandía) y encontrar el Nirvana a base de drogas duras, blandas y de diversos tamaños y colores.
Nos convertimos en una etnia multicultural, repartida en diversas zonas. Los germanos conquistan Mallorca, los anglosajones Benidorm, los neerlandeses Salou, los gabachos Andalucía, los asiáticos Madrid y los catalanes Catalunya. 

En definitiva, y con esto ya acabo (es verano, llevo sin actualizar entrada casi un mes y estoy vago), que lo mejor que tiene el verano es que lo odies o lo ames no deja indiferente a nadie. Bueno, excepto al chino de Tribunal que te vende las selivesas a un eulo. Y en Yonkilata. Menudo chollazo. El cabroncete no cambiará la cara de pasmao que tiene, pero sabe hacer negocios. Normal que nos estén conquistando.

Pasad unas infelices vacaciones. XXX

miércoles, 3 de julio de 2013

Cinco imbéciles.

"(...)Y entonces los cinco imbéciles, unidos por la amistad, el alcohol y las situaciones embarazosas, se reunieron para pasar la noche más lamentable de la historia(...)"

La vecina de la casa de al lado. Velilla de San Antonio.



Esta historia empieza como empiezan muchas. Era Viernes, un Viernes de mediados de Septiembre. Un servidor, lleno de rabia y desesperanza, se encontraba en un bar de mala muerte contándole las penas a la camarera a la vez que le tiraba pistachos al escote. Estaba deprimido, amargado, sufría, me irritaba, me moría del asco. Mi tristeza se debía a que en aquel momento pasaba una mala racha debido a los problemas con el pegamento y el plastiquillo que cubre los botes de Nocilla. Me había vuelto muy adicto a esas sustancias y mis padres, que aun vivían conmigo, me habían confiscado todo mi cargamento, lo que me dejaba en tan lamentable estado de enagenación mental.

Volcaba mis penas en seres terrenales hasta que acababan hasta los mismísimos cojones de mí. Ese Viernes sin ir más lejos la panadera me había echado de su tienda blandiendo un crucifijo a la vez que soltaba espumarajos por la boca y me sermoneaba a viva voz en un idioma que me pareció identificar como latín. Que hija de perra. Casi salgo ardiendo. 
Y esa misma tarde, en el mismo momento en el que os pongo en situación, la camarera Pili Pechugas me miraba con una cara que me hacía prever que en breves iba a sacar la recortada de debajo de la barra y me iba a meter dos sendos cartuchos por el culo.Y lo hubiera hecho, de no ser porque recibí la mejor noticia que cabía esperar en ese momento. Me sonó el móvil.

- ¡Sr. Sediento, hijo de mil putas malnacido perro mierda cojón de buitreeeee! - Chilló la cascada y parcialmente perruna voz de mi amigo, el Sr. Hitler, al otro lado del teléfono.

Me caí de la silla del susto, provocando una carcajada general en todos los apéndices de barra que había en el local.
Ah, ¿que no sabéis lo que es un apendice de barra?. Os lo explico.

Un apéndice de barra es todo aquel ser parcialmente vivo, de aspecto humanoide, que se pasa la puta vida con el codo apoyado en esa superficie de madera o aluminio en la que se sirven las bebidas y que comunmente se encuentra en locales de servicio y restauración (también llamados bares o cafeterías).
Tienden a ser burdos, grotescos y zafios. Hablan un idioma parecido al de los entrenadores de fútbol, mezclado con un poco de político estreñido y economista frustrado. Su volumen de voz es superior a la media habitual y se incrementa cuando el presidente de turno sale a dar un mitín o cuando en la tele del bar o cafetería retransmiten el partido del sábado.
Se alimentan básicamente de orujo, ginebra, ron, cerveza, coñac, pacharán, licor 43 y, si se tercia, patatas fritas rancias. Un apéndice de barra consume cuatro veces su peso en alcohol al día, convirtiéndoles en seres muy parecidos a los dromedarios en cuanto a la retención de líquidos, con la única diferencia de que su joroba se encuentra en la parte frontal, no en la trasera.
Son hostiles ante cualquier amenaza de su territorio. Se sienten respaldados por el dueño, que les trata como marajás mientras abonen con regularidad la cuenta, que suele ascender a 126,84 € al día.

El proceso para convertirse en apéndice de barra es muy simple. Se empieza con el partido de fútbol de tu equipo, en el que solo tomas cañas y/o Coca-Colas. Se continua con el café diario. Y termina con el copazo de después del curro. A partir de ahí, el hostelero de turno cuenta con un taburete lleno más y un plazo menos en su Audi.
Esto es basicamente todo lo que os puedo explicar de los apéndices. Proseguiría con mi explicación, pero tengo al Sr. Hitler al otro lado del teléfono.

- Me cago en todo, ¿quieres dejar de berrear? - Pregunté molesto, levantándome con un ágil movimiento pélvico y enganchándome a la cortina cual Spiderman en celo.
- Es que estoy MUY emocionado. Hoy tenemos mi casa en Velilla de San Antonio... Y VAMOS A HACER UNA FIESTA A LO AMERICAN PAI GUACHENAGUER PLASTRRRRNÒIQW - Empezó a hacer ruidos extraños.
- Vale, cojones, cálmate... quienes vamos.
- Mucha gente. Tú relájate, yo me encargo de todo. Lleva whisky.
- ¡¿Que me relaje yo hijo puta?! ¿Te has tomado hoy la medicación?
- No. Odio ver sillas ocre con cuernos. Me repugna tal imagen. Nos vemos en mi casa a las 22:30.

Colgamos y me dispuse a terminarme la cerveza desde mi posición en la cortina, pero la Pili Pechugas empezó a darme con el palo de la escoba y a decir "fuera, bicho", así que pagué la cuenta y me fuí a casa a arreglarme para la gran juerga.

La llamada me había animado. Necesitaba salir un poco, distraerme de los problemas mundanos y alejarme de mi obsesión con los plásticos industriales. Llamé a mi querido primo, el Sr. Oscuro, y juntos salimos hacia casa del Sr. Hitler.
En el metro, algo me empezaba a oler a chamusquina, pero resultó que era mi querido primo, que se había enganchado a una mujer random y con la fricción que suponía su intento de "bailar la danza del amor" se había prendido fuego. Habría sido cómico si no llega a ser porque mientras el Sr. Oscuro corría y rodaba cual pollo sin cabeza, la mujer le perseguía gritando "¡Termina el trabajo cacho de cabrón! ¡Todos sois iguales!". Está colgado en Lloutuve, buscad "Negro tiene sexo con mujer en pleno vagón del metro si se prende fuego".

Ni que decir tiene que terminaron la faena. Todo muy bonito.

Llegamos a casa del Sr. Hitler y nos encontramos con el Sr. Revoloteos y con el Sr. Cargante. Seríamos el coche 1, el coche líder. Me sentía como un auténtico rufián. Nos montamos en el coche y salimos hacia Velilla, con esperanza y unas ganas locas de pillarnos la moña padre. Pasamos por una zona muy pintoresca, llamada Cañada Real, en la que un grupo de amables caballeros nos ofrecieron unas barras de metal bastante hermosas. Las rechazamos y ellos insistieron, tratando de colarlas en el coche a base de leches contra el capó, la luna y los retrovisores. El pobre Sr. Cargante lloraba de gratitud mientras apretaba el acelerador y exclamaba "¡De esta no salimos, jodeeeeer!". Salimos, pero por los pelos. Sin cristales. Y a mí me faltaban cuatro dientes.

Llegamos al chalet del Sr. Hitler y era fantástico. 3 pisos, calefacción y una piscina. Decidimos no bañarnos, pues el agua tenía un color púrpura que nos daba mala espina. Al Sr. Revoloteos se le ocurrió meter un dedo del pié y se pasó toda la noche actuando de una forma muy rara. Cogió una regadera y no la soltó en toda la noche, se le inyectaron los ojos en sangre verde y se reía de forma maligna, cual súcubo del averno con un colocón de LSD y amoniaco.

Eran aún las 23:00 y el resto de las personas de la FIESTA AMERICAN PAI no habían llegado. Empezamos a beber.

Y bebimos.

Y bebimos.

A las dos horas, nos habíamos acabado tres botellas de Cutty Shark (marca registrada) y medio bote de gazpacho Alvalle (marca registrada) caducado. Esto último se lo bebió el Sr. Cargante, ya que no tenía tolerancia al alcohol y le daba envidia vernos beber. Acabó peor que nosotros, el muy jodío.

Cuando vimos que las gestiones del Sr. Hitler sobre la FIESTA AMERICAN PAI habían sido una mierda, nos decidimos bajar a las fiestas del pueblo, que por suerte estaban en pleno apogeo.
No sabíamos por donde ir, por lo que simplemente bajamos una gran cuesta rodando cual bichos bola hasta llegar a nuestro destino. O al menos eso es lo que recuerdo, porque aún tengo lagunas sobre lo que ocurrió a continuación. Mis flashbacks van tal que así:

- Llegada a la carpa principal. Nos hostiamos con los pijos del pueblo
- Llegada a la carpa secundaria. Nos hostiamos con los canis del pueblo.
- Llegada a la carpa del geriátrico. Nos hostiamos con los ancianos del pueblo.
- Llegada al escenario de la banda. Nos ponemos a bailar el Chiqui-Chiqui y la barbacoa como si nos fuera la vida en ello.
- Conocemos a 5 mujeres. Mi querido primo las persigue con intención de prenderse fuego otra vez. Ellas huyen al grito del Sr. Oscuro "¡Que sólo quiero penetraros, coño!".

Volvimos a casa. No sabíamos que cojones había pasado, pero nos dolía el cuerpo, la cara y las partes. Deduje por la sangre que me corría del ojo que nos estábamos haciendo mayores. Lo que empezó como una FIESTA AMERICAN PAI se convirtió en el baile casposo de Fórmula Abierta.

Pero lo peor estaba por llegar. Una vez logramos coordinar nuestras piernas y, cual zombies tetraplégicos, alcanzamos la puerta de la casa, el Sr. Hitler trató de abrirla con la llave. Ni que decir tiene que un hombre con parkinson habría tenido más tino. Nos fuimos turnando uno a uno, intentando alcanzar esa maldita cerradura, que se nos antojaba tan complicada de abrir como el sistema de escáner ocular de Misión Imposible.

Al fin, tras media hora en la calle, con frío y malestar anal, logré introducir la llave. Nos tomó otra hora entera lograr girarla hacia el lado correcto y refugiarnos en los brazos de Morfeo...


Al día siguiente, me desperté bañado en sudor. No recordaba nada. Me dolía todo el cuerpo y sentía un poderoso sentimiento de asco y remordimiento. Mi querido primo se encontraba tirado en el suelo, con una mano en el paquete y otra en la oreja izquierda. Murmuraba obscenidades que no voy a poner en un blog tan fino.

La casa estaba perfecta. Nadie había destruido nada, cosa curiosa en nosotros. Solemos ser la cuarta potencia mundial en armamento nuclear, pero en aquella ocasión estábamos tan jodidos que nuestros maltrechos cuerpos no nos habían dado para más. Salí al jardin, con cuidado de no pisar lo que me pareció que era el cadáver del Sr. cargante... y lo ví.

El Sr. Revoloteos se había calado un sombrero de paja muy GAY. Iba ataviado tan solo con unos calzoncillos muy GAYS. Sostenía su fiel regadera con florecitas GAYS. Y entonaba una canción muy parecida a la que le compuso Lady Gaga al tal Alejandro, que debe de ser un tipo muy GAY.
Por lo visto, la piscina era radiactiva. Radiactiva y GAY.

Logramos recuperar a nuestro amigo a base de zumo de arándanos y pepinillos en salmuera, pero antes tuvimos que escucharle decir cosas GAYS, como que quería buscar un granjero para ser su esposa, que quería comprar el último éxito de Bruno Mars o que quería pintar un lienzo de Mr. Bean con acuarelas y plastidécor.

Huimos de aquel lugar. El Sr. Hitler nos ha pedido disculpas una y otra vez, pero el hechizo de Velilla de San Antonio nos persigue. Sentimos su llamada, y no podremos huir eternamente. Todos los días me despierto con un pequeño pinchazo en el cerebro, algo que me dice que debo de ir allí, algo intangible, como Buda. Ahora estoy apoyado en la misma barra del mismo bar, 4 años después de aquella infame noche... sigo tirándole pistachos a la misma Pili Pechugas, pero ya no estoy amargado. Tras esa noche, descubrí que el sentido de la vida no es buscar la felicidad, es evitar la infelicidad. Y eso es algo que debo de agradecerle a Velilla.

Os dejo, el móvil me suena. Es el Sr. Hitler...



Sin que sirva de precedente. XXX.

domingo, 30 de junio de 2013

Resolviendo el teorema (6): Conflicto de intereses.

Seguí a Tequilas por el angosto pasillo, túnel, o como querais llamarlo. Podría describirlo, pero la verdad es que era tan jodidamente horrendo que preferiría no hacerlo. Para que os hagais una idea, la idea de que el estilo barroco era sobrecargado es absurda en comparación con lo que mis ojos me mostraban. Armarios, visillos, mecedoras, lámaparas de estas de lava de los años hippys... vamos, una orgía de mal gusto y carcomas. Encima olía a gato mojado.

Caminar entre semejantes ejemplares era un auténtico suplicio. Cada vez que daba un paso me golpeaba en el pie o en los cataplines. Tequilas iba a su rollo, tambaleándose de vez en cuando, pero con paso fluido y esquivando los muebles que se apilaban sin ningun tipo de orden concreto. Me dí cuenta de que tenía una botella de absenta en la mano. De vez en cuando le daba un traguito, seguido de una risa histérica y caballuna que, sinceramente, me puso los pelos de punta y me excitó a partes iguales.

El corredor era bastante largo, y cuando le pregunté a Tequilas que si faltaba mucho, me respondió con un eructo que hizo temblar el ya de por sí inestable túnel. Con un suspiro, seguí andando a trompicones, sin quejarme ni una sola vez a pesar de que tenía las espinillas hinchadas y negras de tanto hostiarme con los muebles.
Mientras andábamos, mi mente divagaba. El principal tema que me preocupaba era el jodido asunto de las aceitunas con anchoa que había dejado en mi nevera. No sabía si caducaban ese día o aun tenía tiempo de sobra para volver a casa y comérmelas. Secundariamente, me preguntaba sobre el resultado de la quiniela de la jornada pasada, que no había podido ver debido a que Timmy había roto el aparato de TDT en un berrinche por el control de la balda de abajo del baño.
Esa balda siempre ha sido mía. Incluso cuando mis padres vivían conmigo. Se quejaban de que no les dejaba espacio pero yo siempre les dijo que cuando se independizasen de mí, podrían poner en su baño todas las baldas que quisieran y poner ahí sus cosas. El día que se marcharon me dio mucha pena... crecen tan deprisa...

El caso es que Timmy me jodió el TDT por no dejarle colocar su pomada contra las almorranas cósmicas en mi balda. Y mira que tenía espacio el muy cabronazo. Siempre era muy caprichoso con esos temas. Hasta que no se apropió de mis bollicaos no dejó de tocar la armónica, sabiendo que el sonido de la misma me pone de los nervios y me vuelve un poco desequilibrado mentalmente.
Total, que no pude ver el resultado de los partidos antes de meterme en el fregadero.

El fregadero... mi casa...

- ¡¡Hostia puta!! - Exclamé llevándome las manos a la cabeza.

A Tequilas casi le da un infarto. He de decir que yo cuando grito mi voz se vuelve estridente y grave a la vez, como distorsionada. Pocas personas son capaces de soportarla. Y la pobre Tequilas, con la cogorza que llevaba, debió de pensar que el monstruo del averno que según ella llevaba persiguiéndole desde que tenía cuatro años le había alcanzado por fin. Se dió la vuelta, me miró, puso los ojos en blanco y se cayó al suelo. Bueno, al suelo no. Cayó encima de una mesa de la época victoriana. Juraría que era igual que la que tenía en casa y que había robado del Ikea con ayuda de Chopeos.

Nada más caer Tequilas, el techo tembló y empezó a derrumbarse. Un trozo de yeso me dió en la cabeza al desprenderse. Que dolor, joder. Parecía que estaba destinado a llevarme todas las leches posibles durante mi aventura por el fregadero. Cogí a Tequilas, me la eché al hombro y empecé a correr como alma que lleva al diablo. Ni que decir tiene que me caí unas cuantas veces en mi desesperado intento de atravesar el puñetero pasillo. Me cagué en los antepasados del creador de semejante aberración visual y juré que, si algun día me cruzaba con él, me iba a oir. No tardé mucho en encontrármelo... pero eso se verá más adelante.

El techo caía y caía, dándole a mi huida una imagen muy dramática. Lástima que con el ímpetu de la carrera mis pantalones de habían rasgado de tal manera que ahora mi aspecto era el de un secuestrador de manzanas Taiwanés con serias dudas sobre su sexualidad. Al ver el final del túnel, lancé a Tequilas por encima de mi cabeza y salté detrás, justo cuando el corredor terminaba de derrumbarse, sellando la salida justo detrás de nosotros.

Caí encima de Tequilas, apoyando mi mano derecha sobre su frente y mi mano izquierda sobre su tobillo. Eso hizo que se despertase al instante. Me miró con ojos furiosos y, con un golpe de hombro que habría dejado como una maricona a un neocelandés haciendo la haka, me desplazó unos veinte metros hacia la pared, contra la que me golpeé con dureza.

- Me cago en Piolín... - Me quejé con voz queda.

Tequilas se levantó muy dignamente y señalándome con los dos dedos corazón, me berreó que su tobillo especial no se lo tocaba nadie, excepto su peluquero, y solo cuando iba tan bebida que no se podía ni tener en pié. Despues me pidió perdón y me ayudó a levantarme mientras lloraba y apuraba lo poco que le quedaba de abstenta.

- ¿Por qué cojones has gritado de esa manera? - Me reprochó - Pensaba que el puto monstruo me había localizado por fin... - Se estremeció y se hizo bola en el suelo.

Lo recordé de golpe.

- Perdona, pero es que acabo de recordar... joder, he dejado mi casa a merced de los imbéciles de mis amigos. Me temo lo peor...

Tequilas hizo un gesto desdeñoso.

- Yo tenía una casa. Pero la quemé. Había gente dentro. Fue muy divertido - Su sonrisa de maníaca no me daba buena espina, pero asentí.
- Sí, quemar gente está bien, pero no en mi casa. Es muy importante para mí. Además, es ahí donde está Timmy y mi objetivo es sacarle como sea. O al menos que me pague un alquiler decente.

Tequilas se levantó.

- Continuemos pues. Ellos te esperan.
- Pero... ¿quienes son ellos?. Necesito saberlo.
- Lo sabrás cuando los veas. Tendremos que ir muy lentos, les gusta la puntualidad y vamos adelantados. Te iré contando mientras como quemé a aquellos niños. Era un día...

Me cogió del hombro y seguimos avanzando mientras me contaba su perturbadora historia. Pero yo no podía evitar pensar... ¿Que estará ocurriendo allí arriba?

martes, 4 de junio de 2013

Las Luisas.

Hace tiempo que no cuento esta historia. Será por que ya se la saben todos mis amigos, porque mi versión es tan absurda que roza lo psicótico o porque ya no recuerdo bien los detalles y me da pereza reconstruirlos, pero hoy quiero hacer una excepción.
Y quiero hacerla porque no he dormido esta noche. Que cosa, que tío tan fuerte y valiente, que no duerme... es el más malvado de Blogger me direis haciendo gala del sarcasmo más rancio y casposo que podais mientras esbozais una mueca de desagrado.
Pues que sepais que cuando no duermo me sale una vena creativa de no te menees y me entran ganas de pintar huevos de pascua. Y como no tengo un duro y los huevos son prácticamente la única comida que me queda en el frigorífico, me pongo a escribir. Y de ahí que me apetezca contar de nuevo la célebre historia de Las Luisas.

En este caso, los protagonistas somos yo, el ya mencionado en anteriores relatos de Reflexión Sr. Azul y dos nuevas incorporaciones: El Sr. Gruñón y el Sr. Ciclado.

Era Agosto. No un Agosto cualquiera. Era el Agosto de mis 20 años de edad. Todo me iba de perlas por la vida. Trabajaba, estudiaba, tenía una novia preciosa, un grupo de amigos extraordinario, unos padres indulgentes con mi dixlesia congénita y me empezaban a salir por fin los primeros pelos púbicos. La vida me sonreía, y prueba de ello era que aun vivía con mis padres y estos, en un voto de confianza supino, me dejaron la casa para mí durante nada menos que 15 días.

Imaginaos lo que es esto... partidas de parchís, música clásica en el comedor, estudiar solo 3 horas en vez de 5 diarias... en fin, la buena vida del joven sano y elegante. El gran problema que tenía es que la primera vez que invité a mis amigos a casa conseguimos pintar las paredes de la cocina con wishky y granadina (el gilipollas del sr. Marvin encendió la Thermomix sin tapa), quemamos el suelo con carbón, dejamos al sr. Fémur encerrado en el baño, robamos un extintor y rociamos a todo ser vivo que pasaba por nuestro lado... en fin, lo peor que uno se pueda imaginar ocurrió. Así que me decidí a hacer una reunión breve y concisa en mi casa con mis tres amiguetes para despues proceder a salir de juerga por Huertas, cuna de adolescentes inocentonas que buscan su primera borrachera sin pelarse el culo de frío en un botellón y de treintañeras desesperadas por pillar marido y que solo quieren peinar una cabellera sin canas. ¿Planazo? Ya lo creo que no. Encima era Martes. La noche se avecinaba peligrosa... y vaya si lo fue.

Para empezar, el sr. Ciclado, que por aquel entonces era el sr. Pitufo, se acercó a mi casa el primero para aprovisionarnos de bebida y drogas variadas. Nos acercamos al chino del farrio y compramos las botellas pertinentes. Para pillar tabaco nos tuvimos que meter en un pub cuyo cartel rezaba DISCO LATINO CHILI de aspecto bastante amenazador.

Veamos, yo tengo apariencia caucásica. Es una manera elegante de decir que soy más blanco que la nalga de una monja. Encima en verano me vuelvo rubio y mis ojos pierden pupila para convertirse en puntos azules. La gente tiene pesadillas despues de verme. Pero el sr. Pitufo es una especie de híbrido entre un puertoriqueño y un congolés, así que encajaba a la perfección. Se quería echar unos billares con unos tipos bastante siniestros y con aspecto de proxenetas mientras yo me bebía mi masculino Manhattan desde una esquina y recibía miradas lascivas de la camarera, la simpática Wendy Culoynadamás. Pensaba que mi pobre Al Capone se iba a ver forzado a realizar el coito, pero gracias a Buda el sr. Pitufo y yo tuvimos que salir por patas cuando los proxenetas quisieron vendernos como artículos de lujo a un par de pintorescos turistas afroamericanos.

Llegamos a mi casa con todo y empezamos a beber. La noche era joven y cuando llegaron el sr. Azul y el sr. Gruñón ya teníamos el punto perfecto. Ellos ya venían servidos, pero apuramos un rato más. Al rato nos sobresaltamos al mirar la hora. Eran las 2 de la mañana.

Duda existencial del borracho. ¿Vas de juerga a por pilinguis o te quedas en casa de tu colega bebiendo y sin posibilidad de mojar el pizarrín? Obviamente, quisieron lo 2º, a sabiendas de que Huertas a las 3 está más vacío que una proyección de Bigas Luna.

Nos pusimos en marcha. La calle de los gitanos nos entretuvo un rato, ya que el sr. Pitufo se empeñaba en chocarse contra todas y cada una de las puñeteras fragonetas que había en la carretera mientras vociferaba "ayy paaaayo quemestreeesas". Empezaba a tener serias dudas de que llegásemos a la parada del búho sin que nos hubieran pegado unos cuantos navajasos (léase con voz latina).

Pero lo logramos, y justo cuando llegaba el autobús. No lo cogimos de milagro, como es normal, por lo que debíamos de esperar los 15 minutos de rigor (que se convierten en 3 horas en mentalidad de chuzo). Nos subimos en el siguiente y llegamos a Huertas sobre las 03:07 de la madrugada.
El panorama era desolador. Ni un puto bar abierto se vislumbraba. Pero rendirse es de cobardes, y nos dispusimos a bajar la calle. Fue entonces cuando las vimos.

Dejemos clara una cosa. Hay fotos. Y están subidas a alguna que otra red social. Yo no tengo Tuenti pero las he visto. Y es bochornoso. Pedídselas a otro, yo no pienso caer en tamaña tentación.

Dos mujeres nos esperaban a poco de ir caminando. Eran dos mujeres jóvenes, de nuestra edad más o menos, e iban solas. Mejor no nos lo podían pintar. El sr. Gruñón y yo nos miramos y nos comunicamos telepáticamente, de modo que nos coordinamos a la perfección. Nos abalanzamos sobre nuestras presas cual buitres sobre la carroña y nos presentamos con la delicadeza propia de los jóvenes ebrios desesperados por echar un polvo.

Las dos chavalas:
- Eran francesas
- Se llamaban Louise
- Estaban borrachas
- Parecían limpitas
- Se reían demasiado
- Eran inocentes o casquivanas
- Se morían de ganas por salir de juerga
- Era su penúltimo día en Madrid

¡¿Que más quieres que te dé, Sandro?!

La noche nos sonreía, nos volvía locos. El plan sería llevarlas a mi casa y que el sr. Azul les aplicase un Menage-a-trois táctico a base de vodka (que era lo que ellas bebían) ya que el resto de nosotros tenía novia. Por supuesto, yo ya planeaba grabarlo todo y subirlo a alguna página de guarrillas para hacerme rico. Siempre he sido muy emprendedor con eso de lucrarme a costa de otros pardillos.

Las Luisas tenían el hotel relativamente cerca pero yo insistí en que vinieran ellas a mi casa. Despues de todo, eran nuestras invitadas y se merecían lo mejor. Aceptaron. Podríamos haberlas descuartizado, ser unos psicópatas o unos peligrosos secuestradores, pero ellas aceptaron. Buda nos estaba haciendo el favor del siglo. Algo malo tenía que ocurrir.

Cuando llegamos a mi casa, las depositamos en la habitación y fuimos a por las copas mientras ellas se ponían cómodas en la cama. El sr. Gruñón temblaba como un flan de huevo y se regodeaba con el plan: primero estaríamos todos de risas y nos iríamos yendo uno por uno hasta que solo quedasen los tres tortolitos. No podía fallar, estaba cantado que algo iba a ocurrir. En el caso de que se negasen, yo cogería a una de ellas y me la llevaría para que al menos hubiese coito entre el sr. Azul y una de las Luisas.
Pero Buda es caprichoso. Lo que te da, te lo quita. Y cuando volvimos a la habitación, ocurrió lo que nadie se esperaba. Las dos se habían quedado fritas en la cama.

Caras de desconcierto se quedarían cortas. Improperios y maldiciones se quedarían cortos. Y la erección... pues claro, desapareció por completo. Dejamos las copas en la mesilla de noche e intentamos consolar al sr. Azul, que se mecía en el suelo con la cara entre las rodillas y las piernas abrazadas en un intento vano de alejar las ganas de llorar.

¿Que podíamos hacer? Pues lo más lógico. Nos bajamos los pantalones y nos hicimos una foto en la ventana, mirando al horizonte, con nuestros culos al aire representando la soledad en el corazón, la impureza del alma impía y los zurraspos que surgen a la mañana siguiente de una cagalera de caballo. Quedó preciosa. Aun recuerdo esa foto, y otras muchas que me horrorizan y me repugnan.

Dimos por acabada la noche. Craso error. Uno de nosotros, no diré cual (no fuí yo) se metió en la cama entre las dos Luisas y bramando cual elefante en celo, dijo que la esperaría en pose sexualmente atractiva hasta la mañana siguiente. Las gabachas iban tan jodidas que no se despertaban ni a bombo y platillo, y el resto, temiéndonos lo peor, salimos de la habitación y cerramos la puerta, no sin antes echar una última ojeada temerosa a la cama. Allí estaban los tres, las mujeres roncando y en postura de ballena envarada en una playa de guijarros y nuestro amigo con los ojos brillantes, desafiantes, en una postura grotesca y de mal gusto, justo entre las dos.

Nos despedimos entre nosotros y nos fuimos a la cama/sofá/retrete a dormir.

Al día siguiente, mi cabeza amenazaba con estallar. No recordaba demasiado en primera instancia, pero lo que habíamos vivido la noche anterior no se olvida facilmente. Los flashes me fueron llegando, cada uno más intenso que el anterior, y me produjeron unas sensaciones de repulsión y morbo incomprensiblemente juntas. Me acerqué a mi habitación, donde me temía encontrar algo feo. Algo muy feo. Y lo ví.

El imbécil que se había metido en la cama con las Luisas estaba solo. Bueno, tal vez no tan solo, pues su cimbrel apuntaba al cielo, emulando la estatua de Colón. Allí están las Indias, parecía decir. No había rastro de las dos mujeres. Supongo que salieron a hurtadillas al despertarse con semejante imagen a sus lados. Habría pagado mucho, muchísimo dinero por ver la expresión de sus caras al encontrarse con semejante ordinariez, pero me temo que nunca sabré que ocurrió en realidad.

Lo que si que es cierto es que podrían haberme desvalijado la casa, y no lo hicieron. Eso siempre quedará para el recuerdo. La honradez y la humildad. Que Buda las bendiga.

Una noche peligrosa, sin duda. Preparé cuatro colacaos y el sr. Azul, el sr. Pitufo, el sr. Gruñón y yo brindamos por la vida, por la victoria, y sobre todo, por saber aceptar una derrota. Uno de ellos aun seguía feliz en el bajovientre. Al igual que lo que nos ocurrió a nosotros, siempre os quedareis con la duda.


De paseo por aquí. XXX.



lunes, 3 de junio de 2013

Los tres ejes de las mujeres (y otras teorías sobre el amor). INTRODUCCIÓN.

Para empezar, he de presentarme. Mucha gente me conoce cómo el señor Simpático, a si que a partir de ahora utilizaremos ese pseudónimo tan peculiar para dirigirnos a mi persona. Soy un hombre de mediana edad que ha vivido muchas experiencias, buenas o mejores, en esta vida, y me siento en deber de informar/educar/ilustrar a los presentes con mi sempiterna sabiduría.

Dejemos claros cuatro puntos antes de empezar.

- Esto es un documento de carácter educativo. No se tiene que tomar de manera ficticia, cómica y/o narrativa. Es una guía dirigida al público medio-joven con el objetivo de enseñar a los pobres imbéciles a desenvolverse con agilidad en sus quehaceres cotidianos.

- Cualquier persona que se sienta ofendida puede cerrar el navegador o cambiar de pestaña. No es obligatorio seguir hasta este punto, lo que no quiere decir que sea sumamente recomendable.

- Una vez empecemos con el planteamiento de los tres ejes del amor, lo más posible es que empeceis a tener dudas. Rechazadlas. Solo aquel que este abierto a la felicidad eterna es capaz de comprender cuan útiles son.

- Las teorías son perfectamente aplicables a partir de este mismo instante. Sin excepción. Y cuanto antes, mejor.

Sin más dilación, empezamos.

martes, 21 de mayo de 2013

Resolviendo el teorema (5): Catarsis Isométrica.





Lo primero que sentí cuando terminé el horrible trayecto por el desagüe de mi propio fregadero fue hambre. Despues de todo, había llevado la compra y ni siquiera me había dado tiempo a preparar la comida. Bueno, no es que me hubiese faltado tiempo, la verdad, pero es que una vez me siento en mi sofá pierdo como mínimo unas dos o tres horas de mi vida por ley autoimpuesta. Es cómo cuando vas a cagar y te encuentras bajo la mesilla que está al lado del váter una revista de interiorismo. Pues la hojeas y te quedas con el culo pegado a la bacinilla durante media hora más, aunque corras el riesgo de que se te metan lombrices por el ano o el famoso cocodrilo de las tuberías te enganche por banda y te meta un meneo de tres pares de cojones.

Juro por Buda que lo del cocodrilo es cierto. A mí casi me pilla el muy cabrón. Una noche de juerga me había bebido hasta el agua de los floreros y volvía a casa con una cogorza de espanto. Lo peor es que llevaba a mi amigo Fresa colgado del brazo y no había manera de despegármelo de encima. El colega mide medio metro de altura (literalmente) y trabaja de culturista en un centro de relax. Por lo visto posa mientras los que reciben masajes con chocolate, mantequilla y esas mierdas modernas le observan y le tiran cacahuetes y/o boniatos (estos últimos por lo visto cuestan un plus en la tarifa) para que baile la polca rusa y palmee al ritmo de Mambo Number 5. Lo que más me jode es que después se lleva a las más atractivas señoritas a su habitación privada y se las cepilla de maneras muy poco ortodoxas para presumir después de ello. Un día de cañas me estuvo comentando todas las posiciones que había hecho con la señora Buttermayer, una antigua contorsionista del Cirque du Soleil que tendría por lo menos unos 70 años pero que palabras textuales suyas, lo mismo le daba la almeja que la oreja. Ni que decir tiene que las arcadas que me dan de recordarlo son curiosas.
El caso es que iba con fresa colgado brazo y tambaleándome cual irlandés por la calle tras una noche de copas y sexo baratos. Nos íbamos inclinando a la derecha y hacia la izquierda de manera aleatoria hasta que finalmente ocurrió lo más previsible: caimos por una alcantarilla abierta que algún joven y desaprensivo vándalo había destapado con una palanca/tope/dedo de hierro.

Chocamos contra el suelo y rodamos cuesta abajo rebozándonos de mierda hasta en el flequillo y nos paramos al llegar al típico hueco que tienen todos los sistemas de alcantarillado de las ciudades estadounidenses. Un gran pasadizo oscuro, irregular, húmedo y maloliente. De la leche que nos habíamos dado estábamos ya medio despiertos, a si que empezamos a caminar hacia delante tropezando de vez en cuando con unos hierros que sobresalían del suelo. Fresa se quejaba cada medio minuto y me exigía que le llevase a caballito para otear el horizonte en busca de alguna luz que nos indicase la salida. Para callarle le dí un Sugus (marca registrada) que tenía pegado al gayumbo y que de forma casual encontré durante mi inspección y rascada de huevos diaria. Se lo comió sin rechistar. No compartió, claro. Aun le guardo rencor por ello.
Estábamos cada vez más perdidos y más desorientados cuando de repente vimos un par de ojos amarillos y redondos brillar en la oscuridad, y un ruido grave y aterrador que nos puso la piel de gallina. Algo se acercaba, algo grande y pavoroso.
Salimos corriendo como alma que lleva al diablo, empujándonos entre nosotros para ver si el otro se caía y el bicho se lo comía dejándonos más tiempo para escapar. El cabroncete de Fresa, que por muy enano que sea corre que se las pela, mantenía mi ritmo y sus poderosos y rocosos brazos me golpeaban de vez en cuando en mis partes blandas haciendo que me encogiese y que mi aspecto al correr fuese el de una embarazada con parto prematuro. Sí seguía aguantando sin caer la verdad es que sólo era por puro cague. La adrenalina es lo que tiene, supongo.

El caso es que al fin vimos un resplandor cuando la bestia nos pisaba los talones. Aceleramos el ritmo, sin atrevernos a mirar atrás, y llegamos a la fuente de luz que nos aguardaba. Había dos grandes montículos a los lados del túnel, que se abría mostrando una gran estancia. Agarré del cinturón a Fresa y lo lancé encima de uno de ellos. Yo me dí un impulso con las manos y me puse a salvo justo en el momento en el que el monstruo pasaba a mi lado. Me alejé pegando grititos y moviendo las piernas de forma bastante poco viril hasta chocar contra la pared que estaba más alejada del hueco. Y escuché risas.

Resulta que no era una alcantarilla. Nos habíamos caido por una boca de metro, concretamente la boca de metro de Alonso Martínez. Habíamos rodado por las escaleras mecánicas mientras el guardia de seguridad nos perseguía al pensar que estábamos fingiendo enagenación mental para colarnos. Nos metimos en el túnel sin darnos cuenta y allí fue donde vimos a la bestia, que no era otra cosa que el tren del metro. Entre risas, le conté al policía nacional que nos esperaba fuera que nuestro episodio me recordaba mucho a una película del tío gabacho de Gotzilla, ese de la cara rara. Me llevé un porrazo en la cabeza y me esposaron. Fresa se salvó porque con el impulso que le había dado para saltar al andén había caido de cabeza en la papelera y la gente le confundía con una muñeca de Famosa de esas. Estaba inconsciente y sangraba, pero supongo que parecía ketchup.

Me llevaron a comisaría, me hicieron un test de drogas y resulta que dí positivo en MDMA, LSD, éter, marihuana, ketamina, metadona, crack, heroína, sales de baño, dixiprofikiladiosenifrina y azúcar glasé. Con razón me sentía un poco mareado. Me prohibieron el acceso al metro de Madrid durante 30 años y ahora tengo que ir en mi coche a todos lados. Lo malo es que mi coche es de esos que si sacas la mano por la ventanilla, gira, así que muy fiable no es. Cuando lo cojo es como jugar al GTA.

El caso, que me estoy yendo un poco por las ramas, cuando me estaban haciendo el tercer grado para ver si era un terrorista finlandés (hay un tal Bjor Vranjerkar que se parece mucho a mí) y justo antes de hacerme el tacto rectal correspondiente, pedí ir al baño a hacer un pis. Me lo concedieron y mientras me sacaba a Al Capone de los pantalones el agua del retrete se removió de manera sospechosa, y sin previo aviso un caimán de tamaño mediano apareció por el desagüe y trató de morderme la pilila. Joder, que berrido pegué. Debió de parecer que una burra estaba pariendo. Salí del baño con la picha al aire y tropezándome con los pantalones y me arrojé contra el primer madero que ví, resultó ser una hermosa joven, para contarle lo sucedido. Nadie me creyó, claro, y encima me tacharon de acosador sexual. Más cargos en mi expediente. A este paso me acabaré reuniendo con mi abuelita en la cárcel antes de los 28, que es cuando tengo yo puesto casi todo mi dinero en la apuesta.

Bueno, pues eso, que tenía hambre. Tenía los brazos tan pegados a los costados que no podía sacar los fitillos y el mono me empezaba a pasar factura. Es que claro, llevaba ya unas cuatro horas deslizándome y ya empezaba a estar hasta las narices.

Claro, que hubiese preferido que aquello durase todo el tiempo del mundo, pues al acabar el tunel salí disparado del tunel cual hombre bala y me pegué la gran hostia contra una pared. Creo que perdí la consciencia durante un rato.

Al abrir los ojos, observé que me encontraba en una estancia muy parecida a la que salía en la de Jarri Poter, la cámara secreta esa. A ver si todo esto iba a ser una especie de guiño a la novela y me iba a aparecer una serpiente de 14 metros con ganas de comer... ya nada me sorprendería, os lo aseguro.
Afortunadamente no recordaba que en el libro hubiese un puesto de información al principio del túnel (y a parte yo me había dejado la varita mágica en mi cuarto con Timmy) así que me dirigí a él con gran dolor de cabeza. Una vivaracha señorita me esperaba al otro lado de la ventanilla.

- Hola, buenas... ¿Sabría usted decirme dónde estoy? Y antes de nada... ¿No tendra una aspirina? - Le pregunté apoyándome en el mostrador.
- Buenas tardes, señor Sediento, le esperábamos. Aquí tiene su pastilla y aquí su palmada en el trasero - Respondío ella dándome un azote en el culo y riéndose de manera caballuna.

Estaba tan mareado que ni le dí importancia. Me tragué la pastilla y la chica me pasó un vaso de agua.

- ¡No se la beba toda! - Me interrumpió saltando el mostrador y arrancándome el vaso de la mano - ¡Mientras esté aquí, siga las instrucciones! - Me volvió a dar un cachete, esta vez en la cara. Y se volvió a reir.

"Esta tía está pirada" pensé. Miré el vaso de nuevo y ví que tenía una etiqueta pegada. "BASO PA LAS GARGARAS Y LOS EJPUTOS", se podía leer. Me encogí de hombros e hice lo que me indicaba.

La joven se puso muy tiesa, muy seria y muy formal, y me estrechó la mano.

- Ahora sí nos entendemos Sediento - Me dijo. Su voz de pito se había transformado y ya no daba dolor de cabeza - Mi nombre es Tequilas, seré tu guía hacia el interior de la Cámara de los Tópicos.

Que la chica pasase a tutearme me dió una clara idea de lo que tenía que hacer. Seguir las reglas. Me limité a inclinar la cabeza y con un gesto, le indiqué que fuera ella primero. Y nos dirigimos hacia el interior, en busca de respuestas, y quizás de más preguntas.










































Mientras tanto, en casa de Sediento...


- ¡RRRREVOLOTEOS, UN PAAASO AL FRRRRRENTE! - Berreó Pringles salpicando saliva con su acento alemán forzado y poco convincente.
- ¡Quieres dejar de hacer el gilipollas y pensar, chepudo! - Le gritó a su vez Revoloteos desde su posición al otro lado del sofá, que se había convertido en una barricada.
- Necesitamos un plan señores - Dijo Multiusos desde su posición en la mesilla del té - Cruasán tiene cada vez más reclutas y están a punto de invadirnos. Y yo no tengo nada nuevo que ponerme - Una lágrima se deslizó por su mejilla.
- Estamos jodidos, ya os lo dije. Teníamos que haber destruido su fuerte antes de que le diese otro ataque de enagenación - Se lamentó Revoloteos.
- ¡Tú lo que querías es ir a Zara Home a comprar tapetes para la mesa - Respondió Pringles - Yo propuse llevarlo a su casa y dejar que otros se encargasen del asunto.
- Tú siempre tienes que tener la razón en todo...
- Tú siempre tienes que tener la razón en todo lo que se refiere a tapetes... y yo los quería color fucsia...
- Y tú...
- Y tú...

Multiusos se alejó del sofá mientras los otros dos discutían y miró por la ventana. Su capacidad de volar se había desvanecido y no podía escapar de la casa sin pasar por Cruasán. Entonces le capturarían y sería el fin. Para ser el hombre que todo lo sabía, se sentía como un imbécil.

- Necesitamos ayuda... necesitamos un héroe... - Se lamentó - ¡Que hacemos ahora! ¡Estamos perdidos!
- ¿Alguien ha dicho... un héroe? - Dijo una voz a sus espaldas. Revoloteos y Pringles dejaron de discutir y miraron al pasillo, de donde había salido la voz. Cuatro siluetas recortaban la luz y se alzaban imponentes.

- ¡Gruñón! - Dijo la primera, poniéndose en posición de ataque
- ¡ET! - Dijo la segunda, haciendo lo propio
- ¡Fiestero!
- ¡Oscuro!

Saltaron dando volteretas al otro lado del sofá y se plantaron frente a los tres amigos de Sediento, que tenían cara de incredulidad.

- ¿Y estos payasos de donde coño salen? - Le susurró Revoloteos a sus compañeros.

Haciendo una formación bastante ridícula, los cuatro desconocidos gritaron a la vez.

- ¡Somos las Zarigüellas de Coja! ¡Cruasán debe caer!

Revoloteos, Multiusos y Pringles se miraron.

- Estamos jodidos de verdad.